Llevo un par de semanas asistiendo a un taller sobre masaje cotidiano. Me llamaréis friki, chalado o lo que sea, pero la verdad es que es una pasada de curso. Siempre había querido saber cómo dar bien los masajes (ya sabéis, dar para recibir, jeje), pero nunca había tenido la ocasión de aprender cómo hacerlo. Hasta ahora simplemente "manoseaba" pero sin saber realmente si tendría algún efecto positivo sobre la persona "masajeada". Y sinceramente, estoy aprendiendo muchísimo. No sólo de cómo funciona nuestro cuerpo y nuestro complejo sistema muscular y nervioso, sino también de lo que mi profesora llama el "arte del masaje". Y es que el masaje no solamente es una forma de aliviar tensiones y relajarse. También es una forma de conocerse a uno mismo y, más importante aún, de expresarse. Con las manos transmitimos energía y calma, fuerza, dinamismo y tranquilidad. Pero lo fundamental es, según la profesora, darle libertad a nuestras manos, dejarlas sueltas y que expresen nuestros sentimientos.
El caso es que esa frase, repetida incesantemente por la profesora en cada clase, me recuerda inevitablemente al espectacular poema del maestro Neruda:

Déjame sueltas las manos
y el corazón, déjame libre!
Deja que mis dedos corran
por los caminos de tu cuerpo.
La pasión —sangre, fuego, besos—
me incendia a llamaradas trémulas.
Ay, tú no sabes lo que es esto!
Es la tempestad de mis sentidos
doblegando la selva sensible de mis nervios.
Es la carne que grita con sus ardientes lenguas!
Es el incendio!
Y estás aquí, mujer, como un madero intacto
ahora que vuela toda mi vida hecha cenizas
hacia tu cuerpo lleno, como la noche, de astros!
Déjame libre las manos
y el corazón, déjame libre!
Yo sólo te deseo, yo sólo te deseo!
No es amor, es deseo que se agosta y se extingue,
es precipitación de furias,
acercamiento de lo imposible,
pero estás tú,
estás para dármelo todo,
y a darme lo que tienes a la tierra viniste—
como yo para contenerte,
y desearte,
y recibirte!