La otra tarde estuve paseando por el centro de Madrid: Sol, La Latina, Ópera, Preciados, Alcalá... Estaba nublado, chispeaba un poco, y corría una brisa fresca, pero aún así, las calles estaban abarrotadas, en plena ebullición. Las tiendas estaban llenas, las calles repletas de turistas, parejas paseándose, señoras mayores asomándose desde sus balcones... Era una de esas tardes en las que merece la pena dar una vuelta por Madrid, por mucho que el tiempo no acompañe. Yo caminaba sin rumbo, dejándome llevar por ese traqueteo continuo, (evidentemente, con mi iPod), cuando ya llegando a la Calle Alcalá decidí meterme por una callecita. La calle estaba algo escondida y sorprendentemente tranquila, pero yo seguí adelante. Un poco cansado de la caminata, y con ganas de tomar un descansillo, entré en una cafetería para tomarme un merecido café. Y cuál fue mi sorpresa cuando me encontré en un café literario de principios del siglo XX (al estilo del Café Gijón), en el que curiosamente se mezclaban casi a la perfección vanguardia y tradición, con murales pintados, decoración bohemia, y un ambiente tremendamente acogedor. El sitio se llamaba el Café Galdós. Me tomé el café (riquísimo, por cierto) y tuve que seguir con mi caminata. Después me enteré de que en ese mismo lugar se celebraban tertulias, lecturas, exposiciones de pintura y fotografía, proyecciones de cortos, etc. y de que por la noche servían unos de los mejores mojitos de la ciudad. Me dio pena tener que irme de allí, pero volveré...
El patio de vecinos.
Hace 2 horas
4 comentarios:
¡qué bien vives!
Joder, qué envidia, menudo paseo tan aprovechado. Perderse por Madrid es total, yo lo sigo echando de menos... Un beso.
Me encantan esos cafés. Lástima que por aquí escasean.
Besos.
Qué chulo!!
Tendré que pasarme.
Un besin!!!
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